LIKE A LITTLE CHILD




Con el ticket de entrada en la mano subí rápidamente aquella pequeña rampa para dirijirme a las escaleras. No dejaba de sonreír y el frío no me importaba tampoco, así que para poder moverme mejor y disfrutar unos pocos rayos de sol que Roma me concedía en Diciembre me quite el abrigo, los guantes y la bufanda y se la tendí a mi madre. Estaba contenta. Quería subir cuanto antes arriba. Mi madre me decía que la esperara, que subir con mi padre era pesado que el era más rápido, pero al ver que yo subía volando me dejo marchar.

Había mucha gente, se oían cientos de voces susurrando muchísimos números en muchísimos y diferentes idiomas. Se oían risas tapadas y algún estornudo, muchos clicks de cámaras de fotos y habían muchos palos-selfies. La gente joven subía las escaleras los primeros, los mas mayores, ya con un poco de respeto a la escalinata se quedaban detrás, bebiendo agua, retomando el aliento, buscando un lugar donde apoyarse. 

Dejé a mi madre atrás pero iba girando la cabeza para verla y saludarla con la mano desde lo lejos. Ella levantaba la cabeza y me miraba por encima de esas negras gafas de sol que se pone aunque estemos bajo techo porque no encuentra en su enorme bolso las gafas de ver de lejos. 

Subí.
Subí.
Subí.

Ayudé a una mujer mayor alemana a aguantarse a una pequeña columna.

Subí.
Subí.
Subí.

El corazón me martilleaba en el pecho del esfuerzo de subir tantas escaleras y el aire frío del invierno se me clavaba en la garganta. Pero me sentía como una niña pequeña, ¡quiero llegar, quiero llegar! 

Recuerdo el sol entrando por las preciosas ventanas de cristal, aquellas con imágenes de santos, de flores, de cruces... El sol que parecía querer ver que había allí dentro con las mismas ganas que yo. La luz, la luz que siempre se abre camino ante todas las cosas.

La primera planta, más de 300 escalones , te permitía ver la Iglesia de San Pedro mientras los pequeños niños del coro cantaban en Latín. Estaba tan impresionada, era tan bonito. No me sentía identificada con la religión, porque soy agnóstica pero la historia, el paisaje y todo lo que me rodeaba. 

Mi expresión en el rostro era una enorme O con mi boca, había tanta maravilla allí dentro, tanto símbolo de riqueza y de prosperidad. Tanta historia, tantos secretos, tantas habladurías de las personas, que a veces hablamos sin saber y pensamos lo que no tendríamos que pensar. Cuentos, mitologías... 


Subí.
Subí.
Subí.

Trescientos escalones más.

¡Llegué!

Mi padre y mi hermano recobraban el aire en la cima de la cúpula de San Pedro, con cientos turistas más adorando las vistas de Roma desde el Vaticano. Volvían a oirse clicks de cámaras, botellas de agua casi acabadas, pasos pesados. ¡Estaba en la cima! 
Saqué rápidamente la cámara para unirme al fervor guiri, al pensamiento turista y al espíritu de viajero. Quería que algo de Roma se impregnara en mi alma.

Ya había visto las preciosas vistas de Roma desde el Vaticano.
Y sí, me sentí una niña.




3 comentarios:

  1. Precioso relato, realmente me hizo sentir como si yo misma hubiese estado en esa situación :).

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  2. Visitar alguna parte de Italia, uno de mis grandes sueños jajajaja.
    Lo describes con tanta emoción que me has contagiado, y si ya de por sí tenía ganas ahora tengo más.
    Un besito.

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  3. Yo fui a Roma en septiembre, una ciudad mágica... hermoso texto.

    Besos.

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Muchas gracias por vuestros comentarios ♥

 

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